Cómo soltar el control (sin que todo se derrumbe)
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Querer tener todo bajo control parece responsable, pero suele ser agotador. Intentamos sostener con la mente algo que, por naturaleza, se mueve solo. Soltar el control no es volverse irresponsable: es dejar de pelear con lo que no depende de vos.
Por qué el control no alcanza
El control da una sensación de seguridad, pero es frágil. La realidad cambia de formas que no podemos prever: la gente actúa por su cuenta, los planes se tuercen, el cuerpo envejece. Cuanto más fuerte apretás, más tensión sentís cuando algo se escapa, y siempre algo se escapa.
La paradoja es que mucho de lo que llamamos control es ilusión. Confundimos influir —que sí podemos— con controlar el resultado, que casi nunca está del todo en nuestras manos.
Qué significa soltar (y qué no)
Soltar el control no es tirarse en la cama y dejar que todo pase. Es hacer tu parte con cuidado y, después, abrir la mano sobre el resultado. Hacés lo que depende de vos; sueltas lo que no.
Esto baja muchísimo la ansiedad, porque gran parte de la ansiedad es justamente el intento de controlar lo incontrolable. Cuando aceptás que la incertidumbre es parte del trato, dejás de pelear una guerra que no se puede ganar.
Una pregunta para practicar
La próxima vez que sientas la tensión de querer controlar algo, preguntate: «¿Esto depende de mí o no?». Si depende, hacé tu parte. Si no, esa es exactamente la parte que podés soltar.
No se suelta de una vez ni para siempre. Se suelta de a poco, situación por situación. Cada vez que abrís la mano, la vida se vuelve un poco más liviana.
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